Nada de lo que sé lo descubrí yo. El idioma en que pienso, las matemáticas que uso, casi todas mis convicciones: todo me llegó ya hecho, de alguien que vino antes. Y sin embargo vivo con la sensación contraria, la de ser autor de mis ideas, cuando en realidad soy, casi siempre, su heredero.
Nos gusta la imagen del genio solitario que llega a una verdad nueva encerrado en su cuarto. Es falsa casi siempre. Hasta Newton, que tenía motivos para creerse excepcional, prefirió decir que veía más lejos porque estaba subido a hombros de gigantes.
Lo verdaderamente nuevo existe, pero es raro. Por eso lo recordamos con nombre y estatua: porque es la excepción, no la norma. E incluso esos saltos nacen de una acumulación previa tan enorme que, al final, casi emergen por presión.
Si casi todo lo que sé me llegó de fuera, quizá deba sostener mis certezas con las manos un poco más abiertas. No para dejar de buscar la verdad, sino para dejar de creerme su dueño.
Quizás lo único genuinamente nuestro no sea el contenido, sino el gesto: elegir qué heredamos y a quién se lo pasamos después.

