Quien haya pasado alguna vez por un servicio de urgencias hospitalarias —ya sea por accidente, por un dolor agudo o por una complicación imprevista— probablemente reconozca esa sensación incómoda y difícil de describir: el cuerpo está allí, tumbado en una camilla, pero la mente parece observar la escena desde fuera, como si uno fuera espectador de su propia vida. El tiempo se estira o se comprime sin lógica, y las decisiones importantes se toman alrededor del paciente, rara vez con él. Esa experiencia, tan común como poco nombrada, es el punto de partida de un ensayo reciente que ha llamado la atención por su ambición integradora y, también, por su honestidad a la hora de declarar sus propias limitaciones.
El trabajo, lleva por título Liminalidad cinematográfica: hacia un marco integrador para la experiencia del paciente en urgencias. Y lo que propone, en esencia, es que esa mezcla de extrañamiento, pasividad y distorsión temporal no es un cúmulo de sensaciones sueltas, sino una experiencia estructurada que la literatura científica ha descrito por piezas, pero nunca ha logrado articular bajo un mismo techo conceptual.
El autor parte de una observación en primera persona —él mismo vivió ese tránsito— y se pregunta si la ciencia dispone de herramientas para explicar de forma unificada lo que millones de personas atraviesan cada año. Su respuesta es que sí, pero que esas herramientas están dispersas en disciplinas que rara vez conversan entre sí: la psiquiatría del trauma, la antropología médica, la sociología de las instituciones sanitarias y la enfermería más reciente. Cada una ha cartografiado su propio fragmento, pero el mapa completo sigue sin dibujarse.
El ensayo revisa esos cuatro componentes con un estilo claro y didáctico. Por un lado, está la disociación peritraumática, un mecanismo neuropsicológico bien documentado que explica por qué, ante el estrés extremo, el cerebro puede desconectar temporalmente la conciencia del cuerpo, produciendo esa sensación de irrealidad. Los estudios citados, algunos de los años setenta y otros más recientes, muestran que más de uno de cada cuatro pacientes de urgencias presenta síntomas disociativos significativos, y que la distorsión del tiempo es, de hecho, el síntoma más frecuente de todos.
Por otro, está la liminalidad, un concepto tomado de la antropología de los ritos de paso, que describe el estado intermedio en el que una persona deja de ser lo que era pero aún no es lo que será. Aplicado al hospital, ayuda a entender por qué el paciente se siente suspendido entre su identidad previa y el desenlace aún incierto. No es casualidad que varios estudios cualitativos hayan usado este marco para interpretar el recorrido del paciente traumatológico.
El tercer componente es el institucional: la pérdida de agencia que impone el sistema sanitario, el “rol de enfermo” descrito por Parsons, la “mirada clínica” de Foucault que convierte el cuerpo en un conjunto de signos objetivables. Y el cuarto, el existencial: la confrontación súbita con la propia vulnerabilidad, la fragilidad y la muerte, en un entorno técnico que prioriza la intervención rápida sobre el acompañamiento emocional.
A partir de esta síntesis, se propone el término “liminalidad cinematográfica” para nombrar la experiencia completa: un tránsito identitario (liminalidad) vivido con una fenomenología disociativa y visualmente distanciada (cinematográfica). Reconoce que es una metáfora, y ofrece incluso una versión más técnica para quienes prefieran evitar el adorno: experiencia liminal de desrealización en un entorno institucional medicalizado. Pero su apuesta es clara: hace falta un vocabulario compartido para que los pacientes, los profesionales y los investigadores puedan hablar de lo mismo.
Lo que hace especialmente interesante este ensayo no es solo su propuesta conceptual, sino la honestidad con la que declara sus limitaciones. El autor no es clínico, ni psicólogo, ni enfermero; es un ingeniero que ha leído con cuidado la literatura y ha tejido un puente entre disciplinas que, por lo general, no se miran. Y lo dice sin ambages: su revisión no es sistemática, no ha sido validada por especialistas, y existe el riesgo de que la “liminalidad cinematográfica” sea una construcción retórica atractiva pero sin poder explicativo real. Esa franqueza, lejos de restar credibilidad, añade un valor poco frecuente en el mundo académico: el de una propuesta que se presenta como punto de partida, no como llegada.
El ensayo termina con una agenda de investigación futura: entrevistas fenomenológicas con pacientes dados de alta, que permitan contrastar si el marco propuesto capta algo compartido o si se trata de una superposición forzada de marcos. Por ahora, el trabajo no ofrece datos nuevos, pero sí una pregunta bien formulada: ¿cómo describen los propios pacientes su experiencia de realidad, identidad, tiempo y agencia durante una estancia en urgencias?
En un momento en que la humanización de la atención sanitaria es un tema recurrente, este tipo de reflexiones interdisciplinares pueden ayudar a poner palabras a lo que tantos sienten sin saber cómo expresar. Que un ingeniero haya sido quien se haya tomado el trabajo de juntar las piezas del puzle quizá sea, también, una llamada de atención sobre lo que ganamos cuando miramos más allá de nuestras propias trincheras disciplinares.
