Un país que vive obsesionado con la próxima elección deja de gobernar y empieza únicamente a sobrevivir. Ese es el problema de la electoralidad perpetua: convierte cada decisión política en un cálculo de rentabilidad inmediata, no en una apuesta por el futuro.

Las grandes reformas —pensiones, vivienda, educación, transición energética— exigen tiempo, consensos y, muchas veces, decisiones impopulares a corto plazo. Pero ningún gobierno quiere asumir ese coste antes de las urnas, así que los problemas se aplazan una y otra vez, acumulándose durante décadas mientras los partidos compiten por titulares y escándalos pasajeros.

La solución no es menos democracia, sino una democracia con horizontes más largos: pactos de Estado, instituciones técnicas independientes, políticas que sobrevivan al cambio de gobierno. Un país no progresa contando elecciones ganadas, sino contando problemas reales que finalmente se atrevió a resolver.