La niebla de las ocho
A las ocho en punto la niebla borró los tejados de la avenida principal. Los transeúntes habituales aminoraron el paso de repente, desorientados por la desapari...

A las ocho en punto la niebla borró los tejados de la avenida principal. Los transeúntes habituales aminoraron el paso de repente, desorientados por la desaparición repentina de los semáforos lejanos. Ya nadie corría hacia la boca del metro con la prisa crispada de otros lunes; el aire denso y blanquecino amortiguaba los cláxones y las conversaciones telefónicas. Durante veinte minutos milagrosos la ciudad pareció una vieja maqueta detenida en el tiempo. Luego un golpe de viento barrió la bruma y el reloj de la plaza recordó a todos, con puntual crueldad, el precio exacto de cada minuto postergado.
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