En el debate político contemporáneo se observa un empobrecimiento progresivo de la dialéctica pública. Las intervenciones priorizan eslóganes, frases hechas y muletillas que sustituyen argumentos elaborados. Palabras comodín, como “vale”, funcionan como recursos para aparentar acuerdo o cerrar discusiones sin profundizar en propuestas concretas. Esta simplificación reduce la complejidad de los problemas públicos y desplaza el foco desde el análisis hacia la comunicación superficial. En lugar de contrastar datos, definir plazos o asumir responsabilidades, muchos discursos se apoyan en fórmulas repetitivas que buscan empatía rápida. El resultado es un debate menos exigente, con menor rigor argumentativo y escasa rendición de cuentas efectiva.
vale, vale vale.
